Himno a esa gente
https://youtu.be/rz1ucLiWR7k
Vedada lan conprar dentro en Burgos la casa.
De toda cosas quantas son de uianda
Non le osarien uender al menos dinarada.
Martin Antolinez, el burgales conplido,
A Myo Çid e a los suyos abastales de pan e de uino.
Non lo compra ca el se lo auie consigo.
De todo conducho bien los ouo bastidos.
Pagos Myo Çid el Campeador e todos los otros que uan a so en çeruiçio.
Ffablo Martin Antolinez, odredes lo que a dicho:
Ya Canpeador en buen ora fuestes nacido.
Esta noch ygamos e uaymos nos al matino,
Ca acusado sere de lo que uos he seruido.
En yra del rey Alffonsso yo sere metido.
Si con uusco escapo sano o biuo
Aun çerca o tarde el rey querer me ha por amigo;
Si non quanto dexo no lo preçio un figo.
Ffablo Myo Çid, el que en buen ora çinxo espada:
Martin Antolinez, sodes ardida lança:
Si yo biuo doblar uos he la soldada.
Espeso e el oro e toda la plata
Vien lo vedes que yo no trayo auer, huebos me serie
Aguiio Myo Çid, a la puerta se legaua,
Saco el pie del estribera, una feridal daua.
Non se abre la puerta, ca bien era çerrada.
Vna ninna de nuef annos a oio se paraua:
Ya Campeador en buen ora çinxiestes espada.
E1 rey lo ha uedado, anoch del entro su carta,
Con grant recabdo e fuerte mientre sellada.
Non uos osariemos abrir nin coger por nada;
Si non perderiemos los aueres e las casas,
E demas los oios de las caras.
Çid, en el nuestro mal uos non ganades nada,
Mas el Criador uos uala con todas sus uertudes sanctas.
Esto la ninna dixo, e tornos pora su casa.
Ya lo vee el Çid que del rey non auie graçia.
Partios de la puerta, por Burgos aguijaua,
Lego a Sancta Maria: luego descaualga.
Ffinco los ynoios, de coraçon rogaua.
La oraçion fecha luego caualgaua.
Salio por la puerta e en Arlançon posaua.
Cabo essa villa en la glera posaua,
Ffincaua la tienda e luego descaualgaua.
Myo Çid Ruy Diaz, el que en buen ora çinxo espada,
Poso en la glera quando nol coge nadi en casa.
Derredor del vna buenna conpanna.
Assi poso Myo Çid commo si fuesse en montanna.
Esto me an buelto myos enemigos malos.
Alli pienssan de aguiiar, alli sueltan las riendas:
A la exida de Biuar ouieron la corneia diestra,
E entrando a Burgos ouieron la siniestra.
Meçio Myo Çid los ombros e engrameo la tiesta:
Albricia Albar Ffanez ca echados somos de tierra.
Myo Çid Ruy Diaz por Burgos entraua.
En su conpanna LX pendones leuaua: exien lo ver mugieres e uarones.
Burgeses e burgesas por las finiestras son puestos.
Plorando de los oios, tanto auyen el dolor.
De las sus bocas todos dizian una razon:
Dios, que buen vassalo si ouiesse buen sennor!
Conbidar le yen de grado, mas ninguno non osaua,
El rey don Alfonsso tanto auie la grand sanna.
Antes de la noche en Burgos del entro su carta,
Con grand recabdo e fuerte mientre sellada:
Que a Myo Çid Ruy Diaz que nadi nol diessen posada,
E aquel que gela diesse sopiesse una palabra,
Que perderie los aueres e mas los oios de la cara,
E aun demas los cuerpos e las almas.
Grande duelo auien las yentes christianas.
Asconden se de Myo Çid ca nol osan dezir nada
El Campeador adelino a su posada.
Asi commo lego a la puerta falola bien çerrada,
Por miedo del rey Alfonsso que assi lo auie parado:
Que si non la quebrantas por fuerça que non gela abriese nadi.
Los de Myo Çid a altas uoçes laman:
Los de dentro non les querien tornar palabra.
De los sos oios tan fuerte mientre lorando
Tornaua la cabeça e estaua los catando:
Vio puertas abiertas e vços sin cannados,
Alcandaras uazias sin pielles e sin mantos,
E sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiro Myo Çid ca mucho auie grandes cuydados.
Ffablo Myo Çid bien e tan mesurado:
Grado a ti Sennor Padre que estas en alto,
De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça e estava los catando.
Vio puertas abiertas e el uços sin cañados,
alcándaras vazías sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiro mio Çid ca mucho avié grandes cuidados,
fabló mio Çid bien e tan mesurado:
"¡Grado a ti, Señor, Padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!"
Gran verdad
a quien corresponda
Por cierto, señor -respondió Sancho-, que vuestra merced sea muy bien obedecido en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias; bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que (cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.)
-O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto; porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser, y son, sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
-Peor será esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
-No digo yo menos -respondió don Quijote-; pero en esto de ayudarme contra caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.
-Digo que así lo haré -respondió Sancho- y que guardaré ese preceto tan bien como el día del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios; que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrás dellos venía un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
-Aquí -dijo en viéndole don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero.
-Por cierto, señor -respondió Sancho-, que vuestra merced sea muy bien obedecido en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias; bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza; que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que, muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella; que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
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