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(lave su ropa con Persil, o con Norit si había nylon), bolígrafos ("Bic naranja, bic cristal, dos escrituras a elegir"), zapatos gorila, electrodoméstidos (Fagor, Kelvinator, Ufesa), televisiones ("ponga un Vanguard en su vida"), máquinas de coser Singer, relojes Duward Aquastar o Citizen, calor blanco (Butaterm, que calienta pero no quema), tabaco (y boquillas "Targard" para cuidar la salud), ponches ("Pon-pon-pon, che Caballero"), brandys ("Fundador", o "Soberano", cosa de hombres), piensos (yo también prefiero Sander's), chocolates (La Campana de Elgorriaga, Suchard), turrones (El Lobo, qué buen turrón), colchones Pikolín (¿cuál era el otro?), plátanos canarios (todos los días uno, por lo menos), tomates Orlando (cuate, aquí hay tomate), caldos de pollo, queso de El Caserío me fío, conservas (qué bien, hoy comemos con Isabel), y en navidad juguetes decentes. Para qué seguir. Todo iba bien. Cada cosa en su sitio, y los embalses guardando agua. España era un guateque, y familias numerosas que comían, se vestían, se iban de vacaciones en verano, fumaban, y acababan encontrando a Chencho; niños aprendiendo en la escuela, tardes paseo en matrimonio (o viceversa), domingos de fútbol con todos los partidos en juego, sobremesas con "La Casa de los Martínez", un viaje al fondo del mar cada sábado por la tarde, triunfando internacionalmente con Massiel y Mariano Haro, bancos que prestaban dinero, cooperativas sin codicia, Reyes Magos una vez por año, pelota vasca, muñeiras y sardanas, algunos comunistas reuniéndose en salones parroquiales y en algunas casas las ondas de Radio París, que no todo era NODO y Tribunal de Orden Público.

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