En Roma había un calendario de diez meses de acuerdo a los ciclos de la luna, pero cada año había que hacer muchos ajustes porque, dicho a las claras, ese almanaque era un completo desastre. No encajaban las estaciones ni empujando. Hubo años en los que el calendario llegó a ir hasta tres meses por delante de la estación que correspondía. Es decir, podía hacer un frío que pelaba porque el Sol seguía su ritmo, pero el calendario lunar romano decía que estaba empezando el verano.
Eso había que arreglarlo, aunque los políticos romanos se resistían porque esos ajustes que cada año había que hacer en el calendario para que fuera al ritmo de las estaciones los ordenaba el jefe de turno, el mandamás, el César. Y era él quien mandaba intercalar un mes aquí o allí… o no; añadir días acá o allá… o tampoco. Lo hacía según le diera el aire o según le conviniera. Es decir, ajustar el calendario de una forma u otra se usaba para hacer trampa con las fechas y alargar los mandatos políticos.
@mikelalasmuto qué poco han cambiado los políticos