Érase un cierto novio novillo recién acabado de uncir al yugo del santo matrimonio, el cual con la nueva vida conyugal se sentía tan floxo, tan enclenque, y sobre todo, tan cargado de mollera, que al fin mandó llamar al doctor. Era este hombre agudo, festivo y chuzón; y visto que le hubo, después de pulsarle y las generales, le ordenó que explicase sus dolamas. El paciente dixo que todo el mal le parecía tenerle en la cabeza: por donde ya el físico empezó a barruntar de donde lo daba, é imaginó que su enfermo debía de ser un simple forrado de lo mismo. «En suma, señor doctor (concluyó el doliente), mi enfermedad esta reducida a que todo cuanto como me sabe a cuerno. _¿A que? _A cuerno, señor doctor. _A cuerno... a cuerno... a cuerno... (repuso el médico en ademán meditabundo dándose golpes en la frente); y ¿que estado tiene vmd. mi dueño? _Casado, para servir a vmd. _¡Acabáramos! pues entonces eso... eso no es nada más que la destilación que le baja del cerebro: el tiempo lo sana. Servidor.