¡Ojos míos, dejad correr
abundantemente las lágrimas,
pues ha sido asesinado mi corazón
por el fuego de mi amor!
¡Todo este fuego que me abrasa,
toda esta pasión que me consume,
se los debo al amigo cruel
que me hace languidecer,
al cruel que constituye la alegría de mis rivales!
¡Mis censores me reconvienen
y me animan a renunciar
a las rosas de sus mejillas floridas!
Pero ¿qué voy a hacer
si tengo el corazón sensible a las flores y a las rosas?
¡Ahora, he aquí la copa de vino
que circula allá lejos!
¡ Y los sonidos de la guitarra invitan
al placer a nuestras simas,
y a la voluptuosidad a nuestros cuerpos!...
Pero a mí no me gusta más que su aliento!
¡Mis mejillas ¡ay de mí!
están marchitas por el fuego de mis deseos!
Pero ¡qué me importa!
¡He aquí las rosas del paraíso: sus mejillas!
¡Qué me importa, puesto que le adoro!
¡A no ser que mi crimen
resulte demasiado grande
por querer a la criatura!