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viejas historias, pero jamas olvidaré las vacaciones de 1963 cuando mi padre nos llevó a toda la familia a pasar un par de semanas a una residencia sindical de Castellón, situada junto a la playa. Viajábamos en primera no porque fuéramos ricos, sino porque teníamos un kilométrico, un pequeño cuaderno de tapas amarillas, que nos daba aquel privilegio. No hace falta decir que mi padre, que era abogado, también trabajaba en Renfe.

Toda la familia montó en el tren con varias maletas, la cuna de mi hermano pequeño y una cesta de comida. Tuvimos que hacer transbordo, dormimos en el compartimento y tardamos unas 24 horas en llegar a Castellón. Yo creo que pasamos por Sagunto porque recuerdo las chimeneas y el humo de los altos hornos.

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