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Hasta que llegó Julio César y se decidió a poner orden para no estar arreglando cada año aquel desbarajuste de fechas. Ajustó el calendario al Sol, no a la Luna, y desde entonces nos vienen los nombres de los meses y de los días. El séptimo mes se llamaba quintilis, lo que pasa es que llegó el pelota de Marco Antonio y decidió llamarlo julio en honor del César. De la misma forma que sextilis pasó a llamarse agosto en honor de Augusto.
Resulta casi milagroso que esa inicial nomenclatura romana haya llegado casi intacta hasta hoy, más de dos mil años después, con esos dos únicos cambios. Pero también es cierto que aquellos dos perturbados llamados Nerón y Calígula intentaron meter mano para tener también ellos nombres de meses en su honor. Calígula cambió septiembre y lo llamó Germánicus, y Nerón hizo lo mismo y mayo pasó a ser Claudius. Ni puñetero caso les hicieron. En cuanto se murieron volvieron a poner los antiguos nombres.
Hasta Carlomagno quiso cambiar los nombres de los meses, pero su propuesta era impronunciable: enero, wintarmanoth; febrero, hornung; marzo, lentzinmanoth; abril, ostarmanoth… a la porra, que el latín es más fácil. Así que, salvo esos vanos intentos megalómanos, por lo que respecta al calendario juliano, casi todo sigue igual. Casi. Porque algún fallo debía de tener el calendario juliano si luego vino un papa que atendía por Gregorio a enmendar la plana.

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