Pertenecemos al Mediterráneo como se pertenece a una madre eternamente cubierta por un velo, no necesitamos verle el rostro o recordar nuestro sueño bajo sus aguas para evocar su olor, su vientre y su voz calmosa. Las cícladas fueron un coro de mujeres aladas que nos llamaban para devorarnos o hacernos el amor, el peloponeso nos invitó hace tiempo a desnudarnos y unirnos a un corro de faunos con los que morir de placer entre bosques de olivos, hayas e higueras, el Egeo miraba a Turquía, a oriente, al hogar de los primeros misterios en el que las noches, según las canciones muertas, albergaban fieras y palacios de oro.